QUE ESPERAR CUANDO ESTAS BUSCANDO: Procesos, decisiones y excepciones…

Es completamente cierto que hay mucho que vivir, aprender y experimentar en la vida, sin embargo, hay que prestar mucha atención sobre todo cuando estamos en “transición.” Es una palabra muy optimista y positiva para identificar el momento en que podemos volvernos más negativos, dependiendo del tiempo que dure esta etapa: la búsqueda de un nuevo empleo.
Hasta aquí, como la mayoría de mis lectores y conocidos, he pasado varias veces por esa etapa y, aunque sé que mis experiencias no son las únicas ni las más significativas, considero que muchos se sentirán identificados con este relato.
Los procesos se rigen por perfiles dentro de los cuales podemos encajar o no y de eso dependerá el resultado final del proceso de selección. Muchas veces, el estar muy calificado(a) no nos hace acreedores del puesto y hay que saber identificar y reconocer nuestro propio perfil y nuestra calidad como trabajadores antes de elegir y postular a las ofertas que se publican.
He conocido personas que se sentencian a sí mismas a pseudo-trabajos por decepción, miedo a sus propias habilidades y hasta por conformismo: “Si trabajé con un Gerente General y su trato fue tan desagradable que me hizo renunciar, ¡ya no quiero saber nada con Gerencias!” “Los trabajos pagan poco y piden demasiadas habilidades y funciones, tendré que buscar algo que tenga perfil bajo y me pague lo suficiente para vivir.” “”Este trabajo no me gusta, no me pagan bien y no me siento cómoda con el ambiente, pero sólo quiero llegar a mi casa y abrazar a mis hijos y poder tener con que pagar las cuentas, allá afuera hay mucha gente con muchas competencias con las que yo no podría competir.”
Pocos tomamos riesgos, pocos entendemos lo de la zona de confort, pocos queremos encontrar un lugar para “brillar” que no signifique un castigo o un sacrificio… esa es la verdadera razón por la que he estado muchas veces en transición.
Hay entrevistas que nos hacen sentir bien, afortunadamente he experimentado muchas de ellas, donde el(la) entrevistador(a) tiene el trato y tacto adecuado para conseguir la información que necesita del entrevistado y, sea cual sea el resultado, al menos nos sentimos tratados con dignidad. Hay otras que nos hacen sentir incómodos porque el(la) entrevistador(a) toma un papel apático y casi detectivesco repreguntando cosas irrelevantes, tal vez la última frase que acabamos de expresar, con la tenacidad e incidencia que lo haría uno de los fiscales de “La Ley y el Orden” en el Gran Jurado. La realidad de las entrevistas es que, generalmente, son causa de stress y nerviosismo, pero al mismo tiempo son un “mal necesario” del que tenemos que aprender. Recuerdo una de mis últimas experiencias, era ya la última entrevista del proceso en una empresa muy grande, quiero describir la experiencia completa ya que debo indicar que, aunque no querramos verlo en el momento por la necesidad de un empleo, todo es indicativo del ambiente que encontraremos cuando comencemos a trabajar.
Llegué muy temprano (30 minutos antes), con toda la disposición de esperar hasta que sea la hora. Al entrar me acerqué al counter de Recepción, la señorita a cargo estaba muy interesada en terminar de “textear” algo en su BlackBerry, ni siquiera levantó la cabeza cuando saludé con voz clara y audible, aguardé los “10 segundos reglamentarios” (léase, esperando recibir su atención) para decirle quién soy y con quién tenía la cita. Algo contrariada, luego de un silencio incómodo que pareció interminable, miré alrededor y fui a ubicarme, por cuenta propia, en un asiento… la recepcionista continuó haciendo lo que le llamaba tanto la atención en su BlackBerry, cuando ya estaba sentándome, reaccionó, levantó la mirada y dijo: “Hola, ¿con quién? Ah! Ya le aviso.” Primera señal: ese comportamiento, abiertamente descortés y antisocial, me hizo pensar muchas cosas. Tal vez no hay un buen ambiente o a los empleadores no les interesa el desempeño de sus empleados en puestos clave como ese o ambas cosas.
Segunda señal, incluyendo y asumiendo la media hora adicional por mi anticipación, pasó 1 hora 30 minutos y yo seguía sentada, incómoda y nerviosa esperando mi entrevista. Nadie me dijo que sucedía o cuánto más se demorarían en atenderme, la respuesta de la Recepcionista a mis consultas era siempre: “ya no debe tardar.” Por último, cuando por fin llegó el momento de la entrevista, el señor que me atendió, un alto funcionario de la empresa, se disculpó por el retraso, me dijo que había tenido una reunión que no pudo terminar a tiempo. Me atendió apenas 5 minutos. Al final, cuando me dijo si tenía alguna consulta yo pregunté: “¿Qué es lo que se espera de la persona que ocupe este cargo?” Por toda respuesta me dijo: “No sé, yo no voy a ser tu jefe.” Pasé “la vida” esperando para que me entreviste alguien que no sería mi jefe y que ni siquiera sabía detalles del puesto al que yo entraría, es más, me describió el trabajo con abogados cuando en realidad sería con economistas.
La lección: si el trato no es bueno en calidad de “cliente” no lo será en calidad de “empleado.” Lamentablemente, pude comprobarlo un poco más tarde. A pesar de las señales, mi necesidad de empleo fue mayor y acepté el trabajo. Sin embargo, me di cuenta que no fue una buena idea y decidí seguir sólo el tiempo prudencial para ganar una “línea de currículum.” El ambiente no era bueno, los colegas en el mismo nivel veían con recelo colaborar con el resto, una verdadera jungla con “el origen de las especies” en vivo, los jefes vivían en una burbuja tan lejana que la primera semana de trabajo prácticamente sólo los conocía de nombre y por e-mail. Tuve que buscarlos en sus oficinas y esperar que estén disponibles para presentarme ante ellos y consultarles que tipo de apoyo esperaban de su Asistente Administrativa. Desde entonces, considero entre mis prioridades de búsqueda que la empresa en la que colabore laboralmente tenga un buen ambiente de trabajo y que otorgue verdaderas oportunidades de progreso para sus empleados.
Mayor atención se debe prestar a las ofertas de empleo anunciadas. Algunas ofertas se publican cada cierto tiempo, cada año, lo que significa que algo debe andar mal en la empresa, en el área o en el trato con los jefes. Definitivamente, recomiendo: tener siempre “un ojo” en el mercado laboral (aun si no estamos buscando empleo) y desconfiar de aquellas ofertas “frecuentes.” Hablando de desconfianza, también existen aquellos procesos ficticios, sobretodo en empresas exitosas y grandes, dónde cuentan ya con el(la) “candidato(a) elegido(a)” y publican y convocan a un proceso sólo como “formalidad.” Debo aclarar que no estoy en contra de lograr un empleo por contactos, quiénes tienen esa suerte están en todo su derecho, pero si estoy en contra de ilusionar y jugar con las expectativas de quiénes estamos en la difícil situación de estar en transición. De mi experiencia quiero compartir cómo podemos identificar esos falsos procesos y, si bien es cierto nadie despreciaría una aparentemente buena oportunidad, cuando menos podemos ir con cuidado y no hacernos tantas ilusiones para no decepcionarnos. La primera cosa “extraña” fue que, al contactarme por primera vez, el interlocutor me habló directamente sobre TODOS los beneficios de trabajar en esa empresa: el sueldo, horario atípico y muy cómodo, bonos, seguros, beneficios extra, utilidades, con montos aproximados y/o exactos que harían que cualquiera que se respete no sólo acepte participar del proceso sino que, además, empiece a rezar todos los días por lograrlo. Luego de unos días, me volvió a contactar para darme la fecha y hora de la entrevista. Me preparé a conciencia, siguiendo el protocolo que debemos seguir para las entrevistas: investigación, organización y presentación. El día de la entrevista llegué temprano, como siempre, me atendieron dos funcionarios de la empresa en Lima y tres funcionarios de provincia via video-conferencia. Me dijeron que la primera entrevista era “sólo para conocerme” y que luego se pondrían en contacto para continuar con el proceso y las pruebas acostumbradas. La entrevista duró un poco más de lo que ellos esperaban, mis respuestas eran precisas, inteligentes, prácticas y al mismo tiempo naturales. Me sentí bien de mi desempeño y las caras de mis entrevistadores demostraban complacencia y satisfacción. La tarde siguiente, me llamó el contacto, con voz apenada e incómoda, para decirme que “ante todo, quería primero decirme que mi desempeño en la entrevista fue muy bueno, que todos estuvieron gratamente sorprendidos con mi desenvolvimiento, que es un gran valor que no debo dudar que tengo, pero para éste proceso, buscaban alguien con experiencia en empresas mineras y que tenga residencia en la provincia (dónde se ubicaba el campamento)” Para mí, está claro que esa era información que se podía obtener de mi currículum, sin necesidad de involucrarme en el proceso si no cumplía con los requisitos.
Conclusión: tanto con los procesos “bomba” como con las entrevistas pesadilla y los trabajos decepcionantes es poco lo que podemos hacer para evitarlos, salvo ser conscientes de que existen. Todas las empresas anuncian gratos ambientes laborales y oportunidades, pero sólo podremos saber si los tienen o no cuando trabajamos en ellas. El punto es que, en cuanto a las entrevistas y procesos, hay que vivirlos para aprender de ellos. Espero haber contribuido, aunque sea un poco, para que alguien más sepa cómo enfrentarse a ciertas situaciones.

UN GOLPE DEL DESTINO I: “hay golpes en la vida tan fuertes…”

Después de mucho tiempo, volvieron a evaluar al personal administrativo, es decir sólo a las Secretarias. La novedad era que se había dispuesto la entrega, por primera vez, de “bonos” escalonados de acuerdo al puntaje obtenido, desde el bono mínimo para el puntaje de 8, hasta el máximo para el de 10. La evaluación se haría en dos etapas una en marzo y la segunda en setiembre, el resultado de ambas se promediaría para obtener el resultado final del año que determinaría los bonos.
La situación en mi “nueva” área ya estaba del todo bien, al menos eso creía yo, era claro que mis jefes confiaban en mi trabajo y en mí. La opinión general de jefes y subordinados del bufete era que mi jefe principal no podía hacer “nada” sin mi ayuda y que se sentía más tranquilo delegándome sus asuntos, mis compañeras de trabajo me pedían consejos y me consideraban la persona que tiene siempre los contactos que a ellas les faltaban o la solución para cualquier problema de gestión secretarial. Pensé que, si no me daban el bono más alto, cuando menos tendría el bono mínimo y seguiría trabajando feliz y, gracias a la estabilidad laboral que había logrado, podría seguir proyectando mis viajes de vacaciones, salidas, gustos y ahorrando, ya que esas son algunas de las bondades de la estabilidad laboral.
La evaluación de mis jefes en marzo fue un golpe que no esperaba. Calificaron mi trabajo con un puntaje mediocre, lo más sorprendente fue que los puntos más bajos se ubicaban en cuestiones de probada falsedad como mi puntualidad o la colaboración con otros asociados, es decir, cuestiones que mis jefes “adivinaban” ya que ellos llegaban después que yo a la oficina y no tenían conocimiento de los constantes requerimientos que yo atendía, con gusto, aunque no provengan de mis jefes exclusivamente; siempre fui puntual y cuando comenté esos aspectos de la evaluación con algunos de mis amigos asociados, ellos mismos se sorprendían de aseveraciones tan fuera de la realidad. Tras enterarme del resultado hablé personalmente con cada uno de mis jefes, tratando de descubrir por qué opinaban tan mal de mi trabajo, todos se sorprendían del puntaje (o fingían sorprenderse), ninguno tenía quejas o algo que objetar sobre mi trabajo y me decían que tal vez “los otros” me habrían calificado mal. Entonces, empecé a sospechar de alguna manipulación en mi evaluación, tal vez a manos del archi-único enemigo no declarado que tenía en la firma: el Administrador (ver entradas anteriores), sin embargo, aunque él hubiera manipulado los resultados, si mis jefes reclamaban, es decir, si a ellos les hubiera importado mis circunstancias, no le habría quedado otra cosa que solucionarlo a mi favor.
Para resumir la historia, en setiembre el puntaje fue “mejor” pero, el Administrador tuvo la gran satisfacción de citarme a una sala de reuniones para decirme que, debido a mi puntaje promedio, “no había alcanzado ningún bono.” Puedo decir que fue lo último que esperaba escuchar, en mi mente empecé a repasar cada una de las cosas que había hecho por esa área, el compromiso asumido, las promesas incumplidas que dejé pasar por alto y lo que me había costado ganarme ese puesto a pulso con la esperanza de que todo iría bien y el pago que a cambio estaba recibiendo… De pronto, ya nada me importaba en ese lugar. Repliqué: ¿por qué en todo este tiempo nunca me dijeron si había algún problema con mi desempeño para mejorarlo?; presenté al Administrador varios ejemplos de mi trabajo, mi capacitación y experiencia que no se estaban considerando en esa evaluación ni en el resultado, por toda respuesta el Administrador me dijo esta frase que me parece significativa para entender con quién estaba tratando: “si te has capacitado, la firma no te lo ha pedido, así que no tenemos nada que ver con eso […] la calificación y la capacitación no se toman en cuenta para la determinación de reconocimientos, aquí se consideran otras cuestiones…” Ya no quería continuar esa reunión, después de todo, a mi entender, estaba en cuestionamiento mi desempeño e imagen. Decidí esperar el retorno de mi jefe principal de un viaje de trabajo para hablar con él sobre éste tema, quería que fuera él directamente quién me dijera frente a frente, por primera vez, cuál era el problema entre ellos y mi gestión y si realmente merecía el puntaje que me dieron. Una vez más, no obtuve ninguna respuesta concreta, sólo evasivas cómo: “yo no te califiqué mal, tal vez alguien más,” lo gracioso es que esa misma respuesta la repitieron los demás cuando hablé con cada uno a su vez, y en el colmo del cinismo o tal vez de la honestidad, cuando dejé claro que me habían bajado puntos en cuestiones absurdas, lo que indicaba que la intención era descalificarme sin fundamento, y que no seguiría en el cargo si ellos no querían seguir trabajando conmigo, mi jefe me dijo que yo era “la mejor secretaria” que él había tenido y que soy muy buena en mi trabajo, que “no tome una decisión apresurada” y que permanezca en mi cargo “tal vez, el otro año el puntaje mejore.” Entre otras cosas, con mucha calma y dignidad, le dije que mi trabajo ya era bueno desde que entré a trabajar con ellos y que si necesitaban tanto tiempo para tomarlo en cuenta y aceptarlo en una evaluación, era precisamente tiempo (mis años y mi trabajo) lo que yo no quería seguir perdiendo con un equipo que simplemente no me apreciaba y que me negaba las oportunidades de mejora que merecía.
Y es que el triste puntaje también me perjudicaba en cuestiones de mejora salarial, ya que al año siguiente se considerarían aumentos para las secretarias que tenían mejores puntajes. De un momento a otro entendí que no podía seguir en un trabajo al que le había entregado todos mis sentidos, pero del que no iba a obtener ningún tipo de reconocimiento gracias a la falta de apoyo o la indiferencia de mis jefes, era casi como querer conservar un novio que no es fiel o que no siente lo mismo que una, solo quedaba una cosa por hacer… renunciar. Algunas veces se hace lo “conveniente” y otras se debe hacer lo “correcto,” mi sentido de dignidad me grita hasta ahora que hice lo correcto.
Debo aclarar que no tengo un mal recuerdo de la empresa en sí, al contrario, tuve muy buenos momentos trabajando para ellos y el Socio Fundador, aunque no fue mi jefe directo, es una gran persona, de quién tengo la mejor opinión y a quién debo mucho respeto. Lamentablemente, en mi caso, el equipo para el que trabajé no fue el más idóneo para mi trabajo y aspiraciones. Cuando una se esfuerza, se capacita y enfoca todos sus sentidos en desempeñar un trabajo de excelencia, es decir, cuando una conoce el valor de su trabajo, no está dispuesta a permitir que éste sea despreciado o pisoteado.
Nunca sabré si mi salida del bufete fue forzada por algún interés, nunca me dieron una razón del porqué mi puntaje fue tan insatisfactorio. En toda cultura corporativa hay tres principios básicos que siempre deben respetarse y que no se consideraron en esta situación: “todo trabajador tiene derecho a: 1) saber qué es lo que se espera de él; 2) ser escuchado y 3) conocer las razones de una decisión que le afecte. […] De otro modo las personas son enajenadas por la toma de decisiones sin razón aparente tratándolos como inmaduros, poco inteligentes y sin importancia.” ¿Sera que acaso, a éstas alturas de la vida y en pleno siglo XXI, las Secretarias o Asistentes somos consideradas de esa forma por algunos empleadores: sin madurez, poco inteligentes y sin importancia?
Cuesta un poco recoger nuestros pedazos y volver a empezar. La incertidumbre y el miedo a lo desconocido nos detienen, pero, hay ambientes tóxicos de los que conviene alejarse. Para mí lo importante a donde vaya es sembrar siempre semillas de empleabilidad: desempeño, reputación e imagen laboral intachables, son mi mejor carta de presentación y estoy orgullosa de haber seguido el camino correcto aunque haya sido doloroso en más de una ocasión.

CAMINO A LA EXCELENCIA I: Role Models

En el camino he tenido la suerte de conocer personas maravillosas, que aportaron a mi vida personal y laboral las herramientas para desarrollarme en distintos aspectos. Jefes de los que aprendí mucho y a quiénes admiré, colegas que con su organización y visión transformaron mi percepción de la importancia de mi propio trabajo y cómo desarrollarlo cada vez mejor, amigos que con una visión objetiva y una actitud positiva cambiaron mi percepción y posición ante los problemas… en pocas palabras, gente que me guio y me enseñó por donde queda el camino a la Excelencia.
Una de esas personas, tal vez la más importante, es mi amiga y colega Ana María. Una mujer excelente: inteligente, organizada, responsable, trabajadora, que se adelantaba siempre a las necesidades, pero sobretodo, que no tenía miedo de compartir su experiencia y habilidades. Esto es importante remarcarlo, ya que también he visto muchas personas para las que es claro que compartir no es una opción en el mundo laboral. Por lo general, no son los más hábiles y tal vez no tengan muchas habilidades o lo que sepan sea lo básico operativo y no realmente una herramienta para lograr el éxito profesional, pero es como si para ellos el hecho de capacitar a un personal nuevo significara desprenderse de parte de su sueldo, o tal vez… de su puesto.
La conocí cuando hice un reemplazo en el Consultorio Médico donde ella trabajaba, había dos turnos y yo haría el turno de la tarde, en el lugar de la Secretaria que hacía el segundo turno. Ana María estaba en el turno de la mañana, coincidíamos por un par de horas. Ella tenía esa amabilidad profesional que yo quería imitar: formal, amable y segura de sí misma. Empezó dándome algunos consejos para el desempeño del reemplazo, para el mejor manejo del trabajo compartido. Luego, cuando nos conocimos mejor y nos hicimos amigas, compartía conmigo sus pequeños tips para trabajar, a veces eran cosas muy simples, pero hacían una diferencia en la presentación del trabajo final. Si alguien ha oído hablar del “Kaizen” y las “5 S,” entonces sabe el tipo de trabajo que desarrolla alguien como Ana María. Para quienes aún no tienen conocimiento de estas teorías japonesas o si no las recuerdan, ellas hablan del Cambio para Mejorar, es decir, la idea de que siempre hay mejores maneras de hacer las cosas (aprendizaje constante); las técnicas de trabajo: Clasificación, Orden, Limpieza, Mantenimiento y Disciplina que se deben aplicar a todos los roles de nuestra vida: personal, profesional y social.
No hace mucho escuché a alguien joven, economista profesional, referirse a un proceso de trabajo de la siguiente manera: “siempre se ha hecho así, ‘X’ lo hacía así y nosotros lo seguimos haciendo igual,” sentí vergüenza ajena de que alguien, supuestamente más preparado, tenga una visión tan limitada de lo que significa el desempeño laboral.
Retornando a Ana María, se convirtió, tal vez sin saberlo hasta el día de hoy, en mi Mentora Laboral. Ella trabajaba Bien, así con mayúscula; sin embargo, sus empleadores no apreciaban su valor real. A veces se menosprecia el trabajo de una Asistente o Secretaria por el hecho de considerarnos como “no profesionales,” es decir, sin título universitario. Lamentablemente, Ana María no encontró el apoyo que su desempeño merecía, ella tenía aspiraciones, necesidades familiares (era divorciada con hijos en edad universitaria) y, por qué no, engreimientos personales que no podía satisfacer con lo poco que ganaba y el escaso tiempo de que disponía. Le dio años de trabajo de calidad y de su vida a un empleo que no daría por ella otra cosa que un sueldo mensual insatisfactorio. ¿Vale la pena continuar una relación laboral con una empresa que no valora ni ofrece oportunidades de progreso a sus colaboradores?
En muchas empresas, al inicio de mi vida laboral, vi ejemplos de esa mentalidad retrógrada que considera que “el trabajador debe estar agradecido por la oportunidad laboral que la empresa le brinda” y por lo tanto, la empresa ya hizo suficiente por él, o tal vez esta otra frase, a veces tácita, otras explícita, que considera que “el trabajador no se va ir… porque no encontrará a donde,” en consecuencia, analizando esta ideología, el trabajador no sólo es considerado de bajo nivel, sino que encima tiene que bailar al ritmo que le toquen sin reclamar. Ana María entraba a trabajar a las 7:30 am., a las 2pm salía en dirección a su segundo trabajo, donde su turno se extendía hasta las 9 pm. En su primer trabajo, el Consultorio Médico, ella era quién mantenía la organización “andando,” su compañera de la tarde, una mujer agradable, muy conversadora, cuya personalidad podría describir como “una castañuela,” era todo lo contrario; tenía poco sentido de organización, para ella el trabajo era “hacer lo estrictamente necesario y que no implique realizar un esfuerzo adicional,” un tipo de mentalidad que es el común denominador en muchas personas hoy en día.
Siempre he pensado que cada quién “conserva” su puesto de trabajo como puede: algunos se convierten en aduladores de los jefes, otros en “Miss” o “Mr. Personality” y se rodean de muchos amigos que, por supuesto, se convierten en cartas bajo la manga para solapar su pobre desempeño laboral, otros se apoderan de alguna “bomba” que a otros no les conviene que estalle, y otros pocos ganan su puesto con su trabajo. ¿Cuál es el tipo de trabajador que a la empresa le interesa conservar? ¿Saben las empresas, o los reclutadores, identificar los diferentes tipos de trabajador a través de sus procesos de selección? ¿Se hace un seguimiento al desempeño del trabajador una vez contratado? Se ha puesto de moda la “retención del talento,” sin embargo, los talentos siguen huyendo de empresas dónde, lamentablemente, quienes se quedan o quiénes siempre estuvieron, son los tipos de trabajadores como los que acabo de describir. Esta es la cruda verdad.
Hoy los tiempos están cambiando, pero aún estamos “verdes” en cuanto a “retención del talento” se refiere. Las empresas deben entender las necesidades y aspiraciones del trabajador para poder ofrecer una verdadera mejora que haga posible la continuidad de la relación laboral. Esas necesidades y aspiraciones son distintas en cada nivel y así deben ser analizadas y entendidas. Está fuera de la realidad actual que se considere que una Asistente o Secretaria aspira a una caja de chocolates sobre su escritorio como idea de progreso o de motivación laboral. A los empleadores les queda como tarea identificar, con intención sincera y no sólo por salir de una tarea tediosa, cuáles son las motivaciones de su personal para poder retener a quiénes consideren valiosos.
El caso de Ana María, aunque no sea el ideal de quiénes aspiran a desarrollar un trabajo de excelencia, sea cual sea su área laboral, nos enseña que no sólo debemos dar nuestro mejor esfuerzo y aprender todo lo que podamos en nuestros trabajos siempre, sino que también es importante analizar si estamos en el lugar adecuado para desempeñarlo o si es momento de dejar nuestra “zona de confort” y aventurarnos a ese mundo de oportunidades y nuevos conocimientos que está allá afuera… claro, no siempre será color de rosa, pero hasta que encontremos el lugar que nos reciba con los brazos abiertos, aprenderemos mucho en el camino. En mi experiencia personal, puedo asegurar que siempre es para mejorar.
Ana María es la persona que me dio ejemplo de buena performance ejecutiva. Aprecio mucho el haberla encontrado en mi vida, el que seamos amigas hasta el día de hoy y que entienda mis locuras y desaciertos, como tal vez nadie más lo haría, aunque a veces no los comparta y me dé su opinión sincera y sin maquillajes absurdos cuando así lo amerite. Dedico a Ana María y a todas las personas valiosas como ella este capítulo.

EXPERIENCIA LABORAL II: Entre Orgullos y Prejuicios

Algún tiempo después llegó una oportunidad laboral interesante. Una Asociación Civil sin fines de lucro, que estaba abriendo por primera vez una oficina necesitaba una Secretaria, me enteré por contactos y tras varias pruebas, accedí al puesto.
Era un reto, había que organizar un sistema de trabajo completo y la oficina misma. La jefa era la Presidenta de la Asociación, una mujer blanca, en los 40 y tantos, muy grande: alta y de contextura “robusta,” de carácter fuerte. Al principio, aunque difícil, el entusiasmo jugó a mi favor y todo empezó a marchar “sobre ruedas” en poco tiempo. Tenía cierta autonomía, ya que estaba sola en la oficina la mayor parte del tiempo. Claro, tenía que encargarme de todo: desde comprar útiles hasta… créanlo o no… subir las cajas de documentos que traía en su auto la Presidenta, ella no cargaba cajas, claro, era casi el doble de mi estatura y casi el triple de mi contextura, pero me hacía cargar sus bultos. Muchas personas confunden el trabajo secretarial o ejecutivo con el servilismo y hay que estar atentas para no permitir el desborde de actitudes insanas y abusivas. Era la primera vez, y hasta aquí la única, que enfrentaba esa situación en la que se afirma que “trabajar entre mujeres es terreno minado.” Debo aclarar que en mi experiencia posterior he trabajado con jefas mujeres en muchas ocasiones y nunca más tuve esos problemas, al contrario me siento más cómoda trabajando con ellas, pero, como en todo, siempre hay una excepción.
Cuando mi protagonismo en la oficina empezó a crecer, es decir, los proveedores preguntaban por mi nombre, los miembros de los comités de la Asociación se sentían atendidos y agradecían mi apoyo, las coordinaciones lograban sus objetivos, la oficina estaba en orden, etc., fue cuando la actitud de la Presidenta, por ese tiempo ocupada en sus problemas familiares y por ende alejada de la oficina, empezó a cambiar: se tornaba impaciente conmigo, exigía más de la cuenta o a última hora, quería que trabaje fuera de horario, etc.
Un día vino a la oficina con su hijo pequeño, un niño muy bonito y cariñoso, que jugueteaba por la oficina y conmigo. De pronto, el niño mientras jugaba dijo algo, sin duda una frase que había escuchado de su madre, quién se apresuró a callarle la boca para que no siguiera… se refería a mí y decía que “todo lo hago mal.” En realidad no me sentí aludida, ya que de muchas personas que me agradecían y elogiaban mi trabajo, ella, que casi no estaba, no hablaba con ciencia cierta sino con Celos.
Avanzaba el tiempo y la actitud de la Presidenta hacia mí fue empeorando tanto como sus problemas familiares: su esposo tenía cáncer, y estaba en fase terminal, ella se ausentaba porque empezaron a tratarlo en USA y tenían que viajar para seguir los tratamientos hasta que optaron por terminar el tratamiento en Lima, cuando al parecer ya no había nada que hacer. Tenía 3 hijos, el mayor, de 17 años tenía Síndrome Down, sin duda su preocupación aumentaba por el hecho de que ella se había dedicado por mucho tiempo a ser ama de casa, concepto muy “relativo” para alguien que tiene servicio doméstico para todo, y de pronto tendría que encargarse de los negocios del marido y el mantenimiento de la casa. Expresé mi descontento por su actitud y tuvimos una reunión.
En la reunión, mi primera reunión de ese tipo en mi vida laboral, expresé de manera clara todo aquello que consideraba difícil de manejar en la relación empleadora – trabajadora y que si no estaba cumpliendo con las expectativas que ella tenía de la persona que ocupara el puesto quería saber cuáles eran mis errores y que si no se podían solucionar estaba dispuesta a terminar la relación laboral por el bien de ambas. La Presidenta, aparentemente arrepentida, expresó que era consciente de su carácter difícil y su cambio de actitud y se mostró dispuesta a enmendar las situación, para ello me dejaría considerar mi permanencia en el puesto y nos reuniríamos al cabo de una semana otra vez para definirlo.
Al cabo de esa semana, volvimos a reunirnos y esta vez ella estaba de mal humor. Me preguntó, en tono imperativo si ya había pensado si me quedo o no, le contesté que si ella consideraría lo que hablamos en la anterior reunión y las cosas mejoraban, yo me quedaba en el puesto, después de todo no sólo ya lo había creado y, por lo tanto, lo conocía, entendía y me sentía bien en él. En ese momento, su actitud se transformó totalmente: me dijo que ella no iba a cambiar porque no había cambiado ni por sus hijos, menos lo haría por mí, entre otras cosas. En ese momento, algo me movió rápidamente a decidir y hablar, le dije que si las cosas serían así, entonces yo lo pensaba mejor y renunciaba. Decidí quedar en buenos términos, como debe ser siempre, y terminar la relación laboral dándole tiempo de encontrar un reemplazo, para ese efecto fijé mi último día de trabajo hacia el final del mes en curso, estábamos como al noveno día de ese mes.
Como era de esperarse, las cosas no mejoraron desde entonces. Mi jefa, la Presidenta, se esmeró en sus maltratos. Una vez, en una Sesión de Directorio, a las que yo asistía como parte de mi trabajo y tomaba el “minute” de los acuerdos (para luego elaborar el borrador del Acta que revisaría la abogada de la Asociación), una de las Directoras, la Sra. K., muy amable siempre conmigo había pasado a recogerme de la oficina para llevarme al Estudio donde se realizaban las Sesiones. Habíamos llegado temprano, entramos al Salón Directorio y tomamos algunos lugares para ubicarnos, poco a poco iban llegando los demás Directores, estábamos conversando y riendo un poco; en eso llegó la Presidenta, parece que el encontrarnos en actitud desenfadada y de camaradería la incomodó. Luego de saludar a todos con atención y alegría forzadas, se sentó a mi lado y acto seguido me dijo, en voz alta, que me moviera de lugar porque dentro de poco llegaría otra de las Directoras que se debería sentar en donde yo estaba… El estupor mío y de los demás presentes era evidente, una de las señoras Directoras tomo la palabra, en actitud seria y solidaria, y me dijo: “ven, Vero siéntate a mi lado.” Ante esto, la Presidenta se sintió inadecuada y corrigió: “no importa… igual cuando llegue X puede sentarse al otro lado, quédate nomás.”
Yo no dije palabra alguna, creo q incluso tuve una postura sumisa producto de la sorpresa y, hasta cierto punto, la humillación. No era el momento para reclamar nada y me sentí aún más pequeña de lo que soy, pero había que seguir trabajando.
Hasta que llegó el día… Desde que llegué a la oficina tenía varios e-mails con pedidos de documentos y demás que debería tener listos para la hora que la Presidenta llegue a la oficina y sólo firme, eran muchos pedidos, sin contar con las llamadas telefónicas con indicaciones “urgentes,” traté de concentrarme para que estuvieran listos y evitar problemas. Llegó la Presidenta y empezó a revisar los documentos y resulta que uno de ellos no estaba “como ella quería” y empezó a gritar ¿acaso yo no entendía lo que ella pedía?, ¿no sabía leer un correo?, era el colmo!… Como comprenderán, alguien como yo, dragón de fuego en el horóscopo chino, que tiene como defecto identificado la poca tolerancia y un carácter fuerte, tenía ya varios episodios acumulados en el hígado que querían aflorar y simplemente ESTALLÉ. Le dije a la Presidenta que no iba a tolerar que me tratara de esa manera, que ella no tenía ese derecho, que yo era su Secretaria y si ella no sabía tratar a alguien que trabaja con ella, me daba mucha pena, pero podía quedarse con su puesto de trabajo porque yo no iba a tolerar ese trato… recogí mis cosas y salí de su oficina. Mientras salía, ella entre su sorpresa y sofocación decía: “piénsalo bien,” “vienes a trabajar con el hígado en la mano.” Luego, ya no la escuchaba, simplemente me fui. Claro, podía hacerlo, mi régimen laboral era el de Recibo por Honorarios, lo que implicaba que no tenía compromiso laboral formal con mi empleador, era un régimen de trabajo temporal y no estaba sujeto al preaviso de Ley.
Me enteré que pasaron otras 2 o 3 secretarias más después que yo, nadie la soportaba por mucho tiempo hasta que cambiaron la Directiva y entonces las cosas se estabilizaron. Una de mis “reemplazantes” coincidió conmigo en un evento, era una mujer mayor (tal vez como lo soy yo ahora), me reconoció por el nombre, ya que aún había documentos que me mencionaban en su nuevo trabajo. Ella me contó que la versión de la Presidenta, como es lógico, era que yo le falté al respeto de la nada, que la ofendí, etc., pero también me contó que se sentía incómoda trabajando con la Presidenta, según sus palabras, la ponía nerviosa con su presencia y “parecía tener un cartel en la frente que le gritaba ‘¡que tonta eres!’.” Hay personas que viven oprimidas bajo el maltrato de sus jefes y lo soportan por miedo a salir de la zona de confort, he visto muchos casos y en ninguno, desde mi perspectiva, valía la pena el “sacrificio.” Una amiga me contó algo que le recomendaron un día “cuando se tolera el maltrato por mucho tiempo, uno se acostumbra a vivir con él”
Alguien me dijo una vez, algún tiempo después de este incidente, “nunca te rindas frente a la prepotencia.” La dignidad de las personas es lo primero, ¿cómo podríamos trabajar con excelencia si no nos sentimos respetados y valiosos? Lo que aprendí de esta experiencia, tal vez implícitamente, es que por ninguna razón o circunstancia permitiría que me maltrataran en ningún aspecto de mi vida. La vida no es humillación, conformismo y pobreza de espíritu o valores; la vida tiene mucho más, sólo hay que seguir andando, seguir buscando… el camino que uno anda siempre es para mejorar. Ser feliz en aquello que uno hace, a lo que se dedica la mayor parte de los días de nuestra vida y el ser reconocido por nuestra colaboración en el trabajo, si así lo merecemos, es prioritario para sentirse importante y entregar lo mejor de sí, cualquiera sea la tarea encomendada.