UN GOLPE DEL DESTINO I: “hay golpes en la vida tan fuertes…”

Después de mucho tiempo, volvieron a evaluar al personal administrativo, es decir sólo a las Secretarias. La novedad era que se había dispuesto la entrega, por primera vez, de “bonos” escalonados de acuerdo al puntaje obtenido, desde el bono mínimo para el puntaje de 8, hasta el máximo para el de 10. La evaluación se haría en dos etapas una en marzo y la segunda en setiembre, el resultado de ambas se promediaría para obtener el resultado final del año que determinaría los bonos.
La situación en mi “nueva” área ya estaba del todo bien, al menos eso creía yo, era claro que mis jefes confiaban en mi trabajo y en mí. La opinión general de jefes y subordinados del bufete era que mi jefe principal no podía hacer “nada” sin mi ayuda y que se sentía más tranquilo delegándome sus asuntos, mis compañeras de trabajo me pedían consejos y me consideraban la persona que tiene siempre los contactos que a ellas les faltaban o la solución para cualquier problema de gestión secretarial. Pensé que, si no me daban el bono más alto, cuando menos tendría el bono mínimo y seguiría trabajando feliz y, gracias a la estabilidad laboral que había logrado, podría seguir proyectando mis viajes de vacaciones, salidas, gustos y ahorrando, ya que esas son algunas de las bondades de la estabilidad laboral.
La evaluación de mis jefes en marzo fue un golpe que no esperaba. Calificaron mi trabajo con un puntaje mediocre, lo más sorprendente fue que los puntos más bajos se ubicaban en cuestiones de probada falsedad como mi puntualidad o la colaboración con otros asociados, es decir, cuestiones que mis jefes “adivinaban” ya que ellos llegaban después que yo a la oficina y no tenían conocimiento de los constantes requerimientos que yo atendía, con gusto, aunque no provengan de mis jefes exclusivamente; siempre fui puntual y cuando comenté esos aspectos de la evaluación con algunos de mis amigos asociados, ellos mismos se sorprendían de aseveraciones tan fuera de la realidad. Tras enterarme del resultado hablé personalmente con cada uno de mis jefes, tratando de descubrir por qué opinaban tan mal de mi trabajo, todos se sorprendían del puntaje (o fingían sorprenderse), ninguno tenía quejas o algo que objetar sobre mi trabajo y me decían que tal vez “los otros” me habrían calificado mal. Entonces, empecé a sospechar de alguna manipulación en mi evaluación, tal vez a manos del archi-único enemigo no declarado que tenía en la firma: el Administrador (ver entradas anteriores), sin embargo, aunque él hubiera manipulado los resultados, si mis jefes reclamaban, es decir, si a ellos les hubiera importado mis circunstancias, no le habría quedado otra cosa que solucionarlo a mi favor.
Para resumir la historia, en setiembre el puntaje fue “mejor” pero, el Administrador tuvo la gran satisfacción de citarme a una sala de reuniones para decirme que, debido a mi puntaje promedio, “no había alcanzado ningún bono.” Puedo decir que fue lo último que esperaba escuchar, en mi mente empecé a repasar cada una de las cosas que había hecho por esa área, el compromiso asumido, las promesas incumplidas que dejé pasar por alto y lo que me había costado ganarme ese puesto a pulso con la esperanza de que todo iría bien y el pago que a cambio estaba recibiendo… De pronto, ya nada me importaba en ese lugar. Repliqué: ¿por qué en todo este tiempo nunca me dijeron si había algún problema con mi desempeño para mejorarlo?; presenté al Administrador varios ejemplos de mi trabajo, mi capacitación y experiencia que no se estaban considerando en esa evaluación ni en el resultado, por toda respuesta el Administrador me dijo esta frase que me parece significativa para entender con quién estaba tratando: “si te has capacitado, la firma no te lo ha pedido, así que no tenemos nada que ver con eso […] la calificación y la capacitación no se toman en cuenta para la determinación de reconocimientos, aquí se consideran otras cuestiones…” Ya no quería continuar esa reunión, después de todo, a mi entender, estaba en cuestionamiento mi desempeño e imagen. Decidí esperar el retorno de mi jefe principal de un viaje de trabajo para hablar con él sobre éste tema, quería que fuera él directamente quién me dijera frente a frente, por primera vez, cuál era el problema entre ellos y mi gestión y si realmente merecía el puntaje que me dieron. Una vez más, no obtuve ninguna respuesta concreta, sólo evasivas cómo: “yo no te califiqué mal, tal vez alguien más,” lo gracioso es que esa misma respuesta la repitieron los demás cuando hablé con cada uno a su vez, y en el colmo del cinismo o tal vez de la honestidad, cuando dejé claro que me habían bajado puntos en cuestiones absurdas, lo que indicaba que la intención era descalificarme sin fundamento, y que no seguiría en el cargo si ellos no querían seguir trabajando conmigo, mi jefe me dijo que yo era “la mejor secretaria” que él había tenido y que soy muy buena en mi trabajo, que “no tome una decisión apresurada” y que permanezca en mi cargo “tal vez, el otro año el puntaje mejore.” Entre otras cosas, con mucha calma y dignidad, le dije que mi trabajo ya era bueno desde que entré a trabajar con ellos y que si necesitaban tanto tiempo para tomarlo en cuenta y aceptarlo en una evaluación, era precisamente tiempo (mis años y mi trabajo) lo que yo no quería seguir perdiendo con un equipo que simplemente no me apreciaba y que me negaba las oportunidades de mejora que merecía.
Y es que el triste puntaje también me perjudicaba en cuestiones de mejora salarial, ya que al año siguiente se considerarían aumentos para las secretarias que tenían mejores puntajes. De un momento a otro entendí que no podía seguir en un trabajo al que le había entregado todos mis sentidos, pero del que no iba a obtener ningún tipo de reconocimiento gracias a la falta de apoyo o la indiferencia de mis jefes, era casi como querer conservar un novio que no es fiel o que no siente lo mismo que una, solo quedaba una cosa por hacer… renunciar. Algunas veces se hace lo “conveniente” y otras se debe hacer lo “correcto,” mi sentido de dignidad me grita hasta ahora que hice lo correcto.
Debo aclarar que no tengo un mal recuerdo de la empresa en sí, al contrario, tuve muy buenos momentos trabajando para ellos y el Socio Fundador, aunque no fue mi jefe directo, es una gran persona, de quién tengo la mejor opinión y a quién debo mucho respeto. Lamentablemente, en mi caso, el equipo para el que trabajé no fue el más idóneo para mi trabajo y aspiraciones. Cuando una se esfuerza, se capacita y enfoca todos sus sentidos en desempeñar un trabajo de excelencia, es decir, cuando una conoce el valor de su trabajo, no está dispuesta a permitir que éste sea despreciado o pisoteado.
Nunca sabré si mi salida del bufete fue forzada por algún interés, nunca me dieron una razón del porqué mi puntaje fue tan insatisfactorio. En toda cultura corporativa hay tres principios básicos que siempre deben respetarse y que no se consideraron en esta situación: “todo trabajador tiene derecho a: 1) saber qué es lo que se espera de él; 2) ser escuchado y 3) conocer las razones de una decisión que le afecte. […] De otro modo las personas son enajenadas por la toma de decisiones sin razón aparente tratándolos como inmaduros, poco inteligentes y sin importancia.” ¿Sera que acaso, a éstas alturas de la vida y en pleno siglo XXI, las Secretarias o Asistentes somos consideradas de esa forma por algunos empleadores: sin madurez, poco inteligentes y sin importancia?
Cuesta un poco recoger nuestros pedazos y volver a empezar. La incertidumbre y el miedo a lo desconocido nos detienen, pero, hay ambientes tóxicos de los que conviene alejarse. Para mí lo importante a donde vaya es sembrar siempre semillas de empleabilidad: desempeño, reputación e imagen laboral intachables, son mi mejor carta de presentación y estoy orgullosa de haber seguido el camino correcto aunque haya sido doloroso en más de una ocasión.

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