UN GOLPE DEL DESTINO I: La zona de “confort”

Al llegar a una nueva área, como una promoción laboral, entendí desde el principio que sería un reto. Sin embargo, no estaba preparada para un recibimiento, por decirlo menos, escéptico o, en palabras más sencillas, frío.
Antes de describir el equipo para el que trabajé, debo indicar que aprendí que en este “mundo legal” había una diferencia entre ser profesional, de la especialidad de los jefes, y no serlo, esta categorización te etiquetaba entre “importante” y “transparente” o “sin valor,” dependiendo de la categorización en que te ubicaban.
El equipo estaba conformado por 6 personas, dos eran socios y el resto asociados del bufete: uno de edad avanzada; una buena persona, pero de aquellas que prefieren guardar “distancias” con el personal con quien trabaja, al menos no con quiénes no seamos profesionales como él. El segundo socio, aunque primero en importancia dentro de la firma, era relativamente joven, bien parecido, muy diplomático, manejaba muy bien las relaciones públicas y el marketing personal. En cuanto a los asociados, los describiré de esta manera: Asociado “A” era joven, petulante, no sabía medir sus bromas y casi todas terminaban siendo insultos, en especial aquellas que “lanzaba” a mujeres (profesionales o no), desorganizado y egocéntrico, se rodeaba siempre de los practicantes o asistentes pre-profesionales; Asociada “B” también joven, más joven que yo, soberbia y petulante, respondía el saludo si le daba la gana o si necesitaba algún favor, su rostro esbozaba una sonrisa que no podía disimular cuánto desdén, envidia o animadversión sentía por la persona que tenía al frente… aunque, a veces, ni se molestaba en disimular con sonrisas y se convertía en “basilisco,” bueno, hay gente tan pobre que lo único que tiene es dinero. Asociada “C” era de mi edad, una mujer centrada y con mucho criterio, seria y formal pero agradable y accesible, responsable, muy profesional, era el pedazo de cielo en medio de todo ese “equipo.” Asociado “D” un tipo cincuentón, de esos que escanean a las mujeres de arriba abajo mientras nos hablan y parecen poseer visión de rayos X… y la usan en nosotras!, sin mucho mérito como profesional, sin dominio de la informática (usaba la computadora como una máquina de escribir y prácticamente buscaba el “rodillo” para bajar al siguiente renglón), me pasé toda mi estadía en esa área explicándole, enseñándole y demostrándole cómo se adjunta un archivo a un correo electrónico de Outlook.
El ambiente en ésta nueva área era igual de “auspicioso,” con excepción de Asociada “C” (por supuesto). Después de haber sido elegida la mejor secretaria el año anterior, la actitud de algunos de mis jefes en esta área hacia mí era: “a ver si aquí eres tan buena.” Y parece que estarían dispuestos y comprometidos a que la respuesta sea negativa, a como dé lugar.
Me esforcé por crear un nuevo y mejor sistema de trabajo, organizar la oficina, crear el Directorio de datos virtual y sobretodo, entender a cada uno de mis jefes, de edades, necesidades, ritmos de trabajo y gustos tan diferentes entre sí. Considero que cuando uno se compromete con el trabajo, de buena voluntad, el verdadero esfuerzo no es el desempeño del mismo, sino el enfocarse en el aspecto humano de nuestra gestión como secretarias o asistentes, es decir, conectarnos con nuestros jefes: qué tipo de expectativas tienen de la persona que les apoye, evitar acciones o situaciones que les incomoden, esperar el momento correcto para hablar con ellos de su agenda y tareas del día sin importunarlos, ayudarles en cuestiones cotidianas sin necesidad de que lo pidan antes, adelantarse a sus necesidades o proponer una solución acompañada de alguna situación que se presentó de última hora, solucionar problemas evitándoles encargarse de cuestiones triviales, decidir por ellos (en base a la experiencia anterior) que tipo de asiento prefieren para un vuelo largo o el tipo de alojamiento adecuado para su comodidad durante un viaje de trabajo, aprender a prevenir que no olviden documentación importante cuando se dirigen a una reunión con clientes, contribuir a su buena imagen desde nuestro cargo, tener siempre comentarios positivos sobre su gestión y enaltecer sus cualidades, atender con amabilidad a sus clientes y dejarles la impresión, aun cuando no puedan atenderlos directamente, que ellos siempre devuelven la llamada o que su encargo no ha sido olvidado o dejado de lado y hacer el seguimiento para que esa llamada sea efectivamente devuelta, saber qué tipo de café prefieren, etc. En poco tiempo logré los objetivos principales de una buena Secretaria: Excelencia en el desempeño de mis funciones y conexión, en el aspecto humano, con mis jefes.
Al poco tiempo, aún aquellos de mis jefes que desconfiaban de mis habilidades se vieron favorecidos por ellas, sin descuidar el apoyo y amabilidad para el resto de superiores que solicitaran algún servicio, aun si no eran mis jefes. En pocas palabras, mi desempeño no pasó desapercibido para nadie.
Pasaron más de 2 años de progreso en el terreno laboral, pero de atraso en los ofrecimientos que me hicieron al cambiarme de área. Por ejemplo, me habían asegurado que después de 6 meses mi sueldo sería nivelado a mis pretensiones salariales, sin embargo, esos 6 meses se convirtieron en más de 12 y sólo me entregaban pretextos inconsistentes. Además, mi jefe principal, me ofreció cambiarme de jefe en el caso de Asociado “A” que tenía por deporte ofenderme con sus “bromas” o comentarios subidos de tono y abiertamente sexistas, siempre frente a su séquito de practicantes y asistentes o cualquier otro tipo de público que se riera de sus brutalidades. Ese cambio tampoco llegó… al menos hasta 3 meses antes de mi salida definitiva.
Lo cierto es que me sentía cómoda donde estaba y, aunque los ofrecimientos no se cumplían, yo estaba contenta con el lugar de “importancia” que, según yo, ocupaba en esa oficina para mis jefes y para reforzar mi inacción y permanencia en esa realidad me convencí que no me sería fácil encontrar otra oportunidad laboral. La mente humana es muy poderosa cuando se obnubila, hasta la persona con la autoestima más alta se puede engañar a sí misma… pero no por mucho tiempo. En la siguiente entrega el desenlace de esta historia.

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