CAMINO A LA EXCELENCIA III: Y fui feliz…

Partiendo de la premisa que todas las experiencias son buenas, debo confirmar, sin que suene a “cliché,” que incluso las más dolorosas ayudan a avanzar y, aunque en el momento no nos demos cuenta, cuando pasa el tiempo valoramos las decepciones o malos ratos como “peldaños necesarios” (aunque lamentables) para seguir subiendo en la escalera de la vida y la excelencia.
Dentro de la experiencia que voy a contar también tuve muy buenos momentos. Empezaré por los buenos.
Me contactaron para hacer un reemplazo en un Bufete Legal, serían 10 días mientras apareciera algo mejor, es lo que me indicó la coordinadora de la Consultora que por ese tiempo me ubicaba en algunas posiciones laborales temporales. Debo confesar que al principio no me agradó mucho la idea. Cuando pensaba en un bufete se me venía a la mente una oficina cargada de papeles y gente con anteojos gruesos, poco sociable y metida en su mundo laboral. Llegué a la entrevista temprano y estuve esperando en una salita improvisada cerca de la puerta de personal. No tenía nada que perder y, como dijo mi coordinadora, era sólo poco tiempo.
Empecé la inducción con la Secretaria que saldría de vacaciones, el ambiente, aunque alejado, no era desagradable como imaginé. Mis jefes temporales eran mujeres, jóvenes, muy agradables. Me sentí muy bien en ese reemplazo, era mi primer acercamiento al “trabajo de mis sueños,” aquel en que te dejan trabajar, no te consideran ciudadana de último orden y siempre escuchas un “por favor” y “gracias” aunque sólo estés haciendo TU TRABAJO.
Me detendré un momento a describir a la Secretaria que reemplacé, ya que aunque fue poco tiempo el que compartimos, aprendí cosas importantes con ella. Es una mujer madura, saliendo de los treinta, casada sin hijos. Tiene un semblante un poco duro, de esos rostros inexpresivos, que parece difícil que sonrían o que demuestren ternura. Sin embargo, era muy profesional, no sabía inglés (era su desventaja), pero el poco tiempo que estuvo conmigo, libre de los temas de inducción y capacitación para el desempeño del remplazo, me dio una gran lección: la importancia de conocer y analizar el entorno laboral. De acuerdo, no es el descubrimiento de la pólvora, es más, creo que la mayoría de las personas analizamos al resto, pero tal vez ese “paradigma” de lo “moralmente correcto” nos impide prestar mucha atención a nuestro análisis… y ella lo decía en “voz alta” tan desinhibidamente que era casi como escuchar LA VERDAD.
Hizo una descripción completa de su ambiente de trabajo. Conocía la personalidad de cada persona que estaba alrededor, que pasaba por su ambiente aunque no trabajara directamente con ella. Describía lo bueno, lo malo, lo sórdido de cada uno y por ende sabía de quién había que cuidarse, a quién había que ignorar y con quién se podía contar. El trabajo se desarrolló sin problemas, es más con tanta calma y buen ambiente entre quienes trabajábamos juntos que hacia el final del periodo de reemplazo mi pensamiento era: “que suerte tiene ella de haber conseguido un empleo donde se trabaja con tranquilidad, con buen ambiente y sin actitudes conflictivas.”
Pasados los 10 días, me pidieron reemplazar a otra Secretaria en el mismo bufete por 1 semana y luego, estuve otra vez en transición. Dos semanas después, recibo una llamada de la asistente administrativa del bufete, la Secretaria que había reemplazado por 10 días había renunciado porque encontró otro trabajo y querían saber si yo estaba interesada en el puesto. Así empezó esta historia, tuve un “periodo de gracia” de casi dos años en esta área. Volví a creer en mi vocación, a confiar en mi capacidad y me sentí protagonista, no actriz secundaria, de este episodio de mi vida.
Es cierto que fuera de esa “burbuja” que era mi área dentro del bufete todo era diferente: las otras secretarias tenían jefes “snob,” pedantes o despreciativos hacia ellas, que nunca las consideraban miembros de sus áreas, sino un apéndice de las mismas. Al cabo de un año, se realizó una evaluación del personal y me eligieron la mejor secretaria del estudio. Me sentí realmente halagada y supe, a ciencia cierta, que todo se debía a la buena química que había logrado con mis jefes y sobre todo al buen ambiente laboral del que gocé mientras estaba con ellas, aunque el premio por esa designación fue nada, el simple reconocimiento valía mucho para mí. No así para el Administrador del bufete, que cuando se reunió conmigo para hablarme del resultado de la evaluación dejó en claro que él tenía otra “favorita” y que no veía de buen agrado mi designación. Entre rabia e impotencia tuve que escuchar frases como esta: “esto tiene su truquito […] los abogados te ven, se hacen la idea de un 8 ó 9 y marcan nomás, pero si yo les preguntara: ¿por qué te han puesto tan alta puntuación en iniciativa? Ellos me van a responder: no sé, no me acuerdo.” “Tú no tenías el mejor puntaje… te ha ayudado tu autoevaluación, porque fulanita tenía buen porcentaje,” claro, “fulanita” era su candidata. Terminó la reunión “felicitándome” por el resultado, pero me quedó claro al salir de esa sala que, aun sin haberlo notado antes, ya tenía un detractor gratuito.
El Administrador del estudio era un personaje digno de describir ya que, tal vez, tiene distintas versiones en todos los centros laborales: alguien que trata a toda costa de “encajar” en los círculos elevados de la empresa, digamos los Socios, aunque era claro que su presencia entre ellos era “intrusiva.” Adulador con sus superiores, prepotente con sus subordinados; de aquellos que creen que afianzar su autoridad significa hablarle al resto con ínfulas de “patrón” o “capataz” de hacienda. Sin embargo, frente a sus jefes no tiene en el menor reparo en arrastrarse a sus pies. Para él, en el cargo de administrador de personal, no era importante la calidad del trabajo o el aporte de cada uno de los miembros del personal administrativo, su instrumento de medida era simple: si se quedan fuera del horario de trabajo, entonces son “capaces” y “trabajadores,” era suficiente para él. Su Secretaria favorita, por supuesto, se quedaba fuera de hora para “archivar,” para que el asistente de soporte informático le enseñe cómo usar Word o Excel ya que ella no tenía buen manejo de las herramientas de informática y dejaba pendientes las cosas que no sabía manejar durante el día, o para organizar la reunión de un grupo que se quedaría a ver algún partido de “futbol” importante… es decir, era “capaz” y “trabajadora” y por eso merecía el reconocimiento mejor que nadie. Bueno, no existe el trabajo perfecto.
Volviendo a mi burbuja, me sentía tan bien trabajando allí, mis jefas pasaron de la amabilidad y cordialidad cotidiana a convertirse en mis amigas, en algunos casos, esa amistad se conserva todavía y son realmente importantes en mi vida hasta el día de hoy. Tenía ganas de volver los lunes, me sentía más importante en esa oficina que en cualquier otro rol de mi vida, de ese entonces… mi mundo estaba allí de lunes a viernes durante 8 horas diarias. Por supuesto, les conté a mis jefas mi entrevista con el Administrador, me expresaron su simpatía y comprensión por los desatinados comentarios de esa “autoridad,” y entendí que con ellas no sólo tenía un buen ambiente laboral, sino que además, estaría protegida si se presentaba la ocasión.
Al año siguiente, llegó una promoción que a la larga fue mi “Waterloo.” Me promovieron a otra área. Sí, me sacaban del área donde era feliz para entrar a otra de mayor peso y donde trabajaría con un equipo de abogados más grande y entre ellos había socios principales del bufete. Habían despedido a su Secretaria de muchos años y de un día para el otro yo estaba allí en esta nueva realidad y con un equipo de trabajo que me miraba con recelo y desconfianza. Esa historia completa, será parte del siguiente capítulo.

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