EXPERIENCIA LABORAL II: Entre Orgullos y Prejuicios

Algún tiempo después llegó una oportunidad laboral interesante. Una Asociación Civil sin fines de lucro, que estaba abriendo por primera vez una oficina necesitaba una Secretaria, me enteré por contactos y tras varias pruebas, accedí al puesto.
Era un reto, había que organizar un sistema de trabajo completo y la oficina misma. La jefa era la Presidenta de la Asociación, una mujer blanca, en los 40 y tantos, muy grande: alta y de contextura “robusta,” de carácter fuerte. Al principio, aunque difícil, el entusiasmo jugó a mi favor y todo empezó a marchar “sobre ruedas” en poco tiempo. Tenía cierta autonomía, ya que estaba sola en la oficina la mayor parte del tiempo. Claro, tenía que encargarme de todo: desde comprar útiles hasta… créanlo o no… subir las cajas de documentos que traía en su auto la Presidenta, ella no cargaba cajas, claro, era casi el doble de mi estatura y casi el triple de mi contextura, pero me hacía cargar sus bultos. Muchas personas confunden el trabajo secretarial o ejecutivo con el servilismo y hay que estar atentas para no permitir el desborde de actitudes insanas y abusivas. Era la primera vez, y hasta aquí la única, que enfrentaba esa situación en la que se afirma que “trabajar entre mujeres es terreno minado.” Debo aclarar que en mi experiencia posterior he trabajado con jefas mujeres en muchas ocasiones y nunca más tuve esos problemas, al contrario me siento más cómoda trabajando con ellas, pero, como en todo, siempre hay una excepción.
Cuando mi protagonismo en la oficina empezó a crecer, es decir, los proveedores preguntaban por mi nombre, los miembros de los comités de la Asociación se sentían atendidos y agradecían mi apoyo, las coordinaciones lograban sus objetivos, la oficina estaba en orden, etc., fue cuando la actitud de la Presidenta, por ese tiempo ocupada en sus problemas familiares y por ende alejada de la oficina, empezó a cambiar: se tornaba impaciente conmigo, exigía más de la cuenta o a última hora, quería que trabaje fuera de horario, etc.
Un día vino a la oficina con su hijo pequeño, un niño muy bonito y cariñoso, que jugueteaba por la oficina y conmigo. De pronto, el niño mientras jugaba dijo algo, sin duda una frase que había escuchado de su madre, quién se apresuró a callarle la boca para que no siguiera… se refería a mí y decía que “todo lo hago mal.” En realidad no me sentí aludida, ya que de muchas personas que me agradecían y elogiaban mi trabajo, ella, que casi no estaba, no hablaba con ciencia cierta sino con Celos.
Avanzaba el tiempo y la actitud de la Presidenta hacia mí fue empeorando tanto como sus problemas familiares: su esposo tenía cáncer, y estaba en fase terminal, ella se ausentaba porque empezaron a tratarlo en USA y tenían que viajar para seguir los tratamientos hasta que optaron por terminar el tratamiento en Lima, cuando al parecer ya no había nada que hacer. Tenía 3 hijos, el mayor, de 17 años tenía Síndrome Down, sin duda su preocupación aumentaba por el hecho de que ella se había dedicado por mucho tiempo a ser ama de casa, concepto muy “relativo” para alguien que tiene servicio doméstico para todo, y de pronto tendría que encargarse de los negocios del marido y el mantenimiento de la casa. Expresé mi descontento por su actitud y tuvimos una reunión.
En la reunión, mi primera reunión de ese tipo en mi vida laboral, expresé de manera clara todo aquello que consideraba difícil de manejar en la relación empleadora – trabajadora y que si no estaba cumpliendo con las expectativas que ella tenía de la persona que ocupara el puesto quería saber cuáles eran mis errores y que si no se podían solucionar estaba dispuesta a terminar la relación laboral por el bien de ambas. La Presidenta, aparentemente arrepentida, expresó que era consciente de su carácter difícil y su cambio de actitud y se mostró dispuesta a enmendar las situación, para ello me dejaría considerar mi permanencia en el puesto y nos reuniríamos al cabo de una semana otra vez para definirlo.
Al cabo de esa semana, volvimos a reunirnos y esta vez ella estaba de mal humor. Me preguntó, en tono imperativo si ya había pensado si me quedo o no, le contesté que si ella consideraría lo que hablamos en la anterior reunión y las cosas mejoraban, yo me quedaba en el puesto, después de todo no sólo ya lo había creado y, por lo tanto, lo conocía, entendía y me sentía bien en él. En ese momento, su actitud se transformó totalmente: me dijo que ella no iba a cambiar porque no había cambiado ni por sus hijos, menos lo haría por mí, entre otras cosas. En ese momento, algo me movió rápidamente a decidir y hablar, le dije que si las cosas serían así, entonces yo lo pensaba mejor y renunciaba. Decidí quedar en buenos términos, como debe ser siempre, y terminar la relación laboral dándole tiempo de encontrar un reemplazo, para ese efecto fijé mi último día de trabajo hacia el final del mes en curso, estábamos como al noveno día de ese mes.
Como era de esperarse, las cosas no mejoraron desde entonces. Mi jefa, la Presidenta, se esmeró en sus maltratos. Una vez, en una Sesión de Directorio, a las que yo asistía como parte de mi trabajo y tomaba el “minute” de los acuerdos (para luego elaborar el borrador del Acta que revisaría la abogada de la Asociación), una de las Directoras, la Sra. K., muy amable siempre conmigo había pasado a recogerme de la oficina para llevarme al Estudio donde se realizaban las Sesiones. Habíamos llegado temprano, entramos al Salón Directorio y tomamos algunos lugares para ubicarnos, poco a poco iban llegando los demás Directores, estábamos conversando y riendo un poco; en eso llegó la Presidenta, parece que el encontrarnos en actitud desenfadada y de camaradería la incomodó. Luego de saludar a todos con atención y alegría forzadas, se sentó a mi lado y acto seguido me dijo, en voz alta, que me moviera de lugar porque dentro de poco llegaría otra de las Directoras que se debería sentar en donde yo estaba… El estupor mío y de los demás presentes era evidente, una de las señoras Directoras tomo la palabra, en actitud seria y solidaria, y me dijo: “ven, Vero siéntate a mi lado.” Ante esto, la Presidenta se sintió inadecuada y corrigió: “no importa… igual cuando llegue X puede sentarse al otro lado, quédate nomás.”
Yo no dije palabra alguna, creo q incluso tuve una postura sumisa producto de la sorpresa y, hasta cierto punto, la humillación. No era el momento para reclamar nada y me sentí aún más pequeña de lo que soy, pero había que seguir trabajando.
Hasta que llegó el día… Desde que llegué a la oficina tenía varios e-mails con pedidos de documentos y demás que debería tener listos para la hora que la Presidenta llegue a la oficina y sólo firme, eran muchos pedidos, sin contar con las llamadas telefónicas con indicaciones “urgentes,” traté de concentrarme para que estuvieran listos y evitar problemas. Llegó la Presidenta y empezó a revisar los documentos y resulta que uno de ellos no estaba “como ella quería” y empezó a gritar ¿acaso yo no entendía lo que ella pedía?, ¿no sabía leer un correo?, era el colmo!… Como comprenderán, alguien como yo, dragón de fuego en el horóscopo chino, que tiene como defecto identificado la poca tolerancia y un carácter fuerte, tenía ya varios episodios acumulados en el hígado que querían aflorar y simplemente ESTALLÉ. Le dije a la Presidenta que no iba a tolerar que me tratara de esa manera, que ella no tenía ese derecho, que yo era su Secretaria y si ella no sabía tratar a alguien que trabaja con ella, me daba mucha pena, pero podía quedarse con su puesto de trabajo porque yo no iba a tolerar ese trato… recogí mis cosas y salí de su oficina. Mientras salía, ella entre su sorpresa y sofocación decía: “piénsalo bien,” “vienes a trabajar con el hígado en la mano.” Luego, ya no la escuchaba, simplemente me fui. Claro, podía hacerlo, mi régimen laboral era el de Recibo por Honorarios, lo que implicaba que no tenía compromiso laboral formal con mi empleador, era un régimen de trabajo temporal y no estaba sujeto al preaviso de Ley.
Me enteré que pasaron otras 2 o 3 secretarias más después que yo, nadie la soportaba por mucho tiempo hasta que cambiaron la Directiva y entonces las cosas se estabilizaron. Una de mis “reemplazantes” coincidió conmigo en un evento, era una mujer mayor (tal vez como lo soy yo ahora), me reconoció por el nombre, ya que aún había documentos que me mencionaban en su nuevo trabajo. Ella me contó que la versión de la Presidenta, como es lógico, era que yo le falté al respeto de la nada, que la ofendí, etc., pero también me contó que se sentía incómoda trabajando con la Presidenta, según sus palabras, la ponía nerviosa con su presencia y “parecía tener un cartel en la frente que le gritaba ‘¡que tonta eres!’.” Hay personas que viven oprimidas bajo el maltrato de sus jefes y lo soportan por miedo a salir de la zona de confort, he visto muchos casos y en ninguno, desde mi perspectiva, valía la pena el “sacrificio.” Una amiga me contó algo que le recomendaron un día “cuando se tolera el maltrato por mucho tiempo, uno se acostumbra a vivir con él”
Alguien me dijo una vez, algún tiempo después de este incidente, “nunca te rindas frente a la prepotencia.” La dignidad de las personas es lo primero, ¿cómo podríamos trabajar con excelencia si no nos sentimos respetados y valiosos? Lo que aprendí de esta experiencia, tal vez implícitamente, es que por ninguna razón o circunstancia permitiría que me maltrataran en ningún aspecto de mi vida. La vida no es humillación, conformismo y pobreza de espíritu o valores; la vida tiene mucho más, sólo hay que seguir andando, seguir buscando… el camino que uno anda siempre es para mejorar. Ser feliz en aquello que uno hace, a lo que se dedica la mayor parte de los días de nuestra vida y el ser reconocido por nuestra colaboración en el trabajo, si así lo merecemos, es prioritario para sentirse importante y entregar lo mejor de sí, cualquiera sea la tarea encomendada.

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